
La Asamblea
Nacional de Frente Nacional de Resistencia Popular ha dado paso a una intensa especulación de
parte de las fuerzas más reaccionarias del país, las que no han podido evitar
sus comentarios; y a base de mentiras, unos, y medias verdades los otros, todos
se han visto obligados a hablar del futuro del Frente, y su incidencia en la
vida nacional. Ni siquiera los más sesgados escritores de la derecha, se
atreven a repetir la historia de los “cuatro vagos”. Algunos incluso se
atreven, en privado, a proponer ideas audaces para frenar el ímpetu de unas
bases que como nunca muestran su espíritu revolucionario.
Ni ellos, ni nosotros, dudamos sobre la dimensión
abrumadora de la resistencia como fuerza política en el país; lo más peligroso
para la derecha es que este grupo de gente se desarrolla históricamente en un
marco distinto, y aunque aún no explota todos su potencial de pensamiento, es
de lejos más capaz de generar ideas, pensamiento, críticas y debates que toda
la derecha junta. Los otrora escritores notables de las derechas, se han
convertido en bufones de las clases dominantes, y se dedican a contar historias
épicas de ladrones y asesinos, y a crítica y desmentir la cruda bestialidad de
sus señores feudales.
Aunque el frente sigue enfrentando problemas de
definición, su avance se acelera cada vez más, y el paso que impone la derecha
en el campo de la virtual destrucción de todo vestigio de justicia que queda en
el país, en enfrentado a una resistencia cada vez más politizada y menos
manipulable. Sin lugar a dudas, las bases siguen un comportamiento dialectico,
a pesar de la constante agresión del régimen. Las duras críticas a una
dirección carente de movilidad, provienen normalmente de sectores progresistas
que no se hacen a la idea de trabajar en conjunto con los gremios; en ello
podemos encontrar contradicciones de clase muy notorias.
Incluso antes del golpe de estado, era fácil
prever que la política adoptada por la administración Zelaya estaba dando una
enorme energía a las clases desposeídas y vulnerables del país. La izquierda,
por otro lado, a pesar de su rezago teórico, repuntó y fue capaz de consolidar
proyectos de largo plazo que sobrepasan la década; solo una cosa no se pudo
lograr en esa década: la unidad. Sin embargo, los movimientos populares logran
sostener la enorme carga de construir un órgano popular que resistiera el
embate imperial, y hasta de nuestras propias contradicciones.
Los partidos políticos enfrentan ahora mismo un
momento que nunca consideraron seriamente; su reemplazo en el imaginario
colectivo. De hecho, muchos líderes se resisten a concebir al Frente como el
referente político; lo prefieren “neutral”, para, según ellos mantener el
asunto del poder en medio de todo ese andamiaje caduco e inservible con el que
iniciamos el siglo XXI, y que colapsa con el golpe de Estado. El pueblo
hondureño no lucha contra el golpe para regresar al bipartidismo, lucha para
recuperar la democracia dentro un referente político suyo., que muchos no lo
entiendan y pretendan encasillar al pueblo por otros cien años, es otro tema.
En general, podemos decir que somos mucho más de
lo que la derecha local admite, pero necesitamos dedicar nuestra atención a la
voluntad del pueblo. No podemos descuidar ningún flanco, especialmente
aquellos en los que somos definitivamente superiores a nuestros adversarios; si
llegamos hasta acá, es porque podemos generar contradicciones que producen
desarrollo; esta es una fortaleza que debemos respetar, y cultivar; es muy
improbable que a esta altura los políticos de oficio busquen enfrentarnos en
este campo. Nuestro problema está en transmitir de manera digerible lo que
producimos a las bases, más allá de los cuadros. Seneca sostenía que el que
sabía pero no podía comunicar su conocimiento, se convertía en ignorante, este
es un asunto que debemos resolver.
El fenómeno de la resistencia no es casual, como
no lo fue el golpe de estado; y la correlación de fuerzas con que nos
encontramos hoy, es producto de la lucha de clases, por lo que el estudio de
esta, y la incorporación de la misma al debate es muy importante. Muchos
conceptos requieren de una evaluación minuciosa, dado el cambio constante en
las relaciones productivas que se generan a raíz de la forma caótica en que se
desarrolla el modelo neoliberal. La enajenación del trabajo, por ejemplo,
debe entenderse, al menos entre los cuadros, muy bien, pues la relación que
surge de este proceso nos indica quien es quien en el proceso. Para el caso, un
maestro, se dedica fundamentalmente a reproducir las condiciones de existencia
del sistema capitalista; su trabajo se encuentra en la superestructura
dominante, pero no es nuestro adversario de clase, la enajenación de su trabajo
no se calcula por medio de métodos relacionados con la plusvalía. Los maestros,
a finales del siglo XIX, y buena parte del XX, formaban parte de una clase
privilegiada por el conocimiento, lo que los llevaba a reproducir una y otra vez los patrones de conducta de la burguesía, sin embargo,
no eran dueños de medios de producción. Qué decir de los sindicatos que en la
tradición revolucionaria estaban dedicados a organizar a los obreros, pasan
ahora a ser una minoría organizada en medio de un mar de desempleados, y
subempleados por cuenta propia, microempresarios e incluso empresarios, que
ahora suman la mayoría del proletariado.
Claro que el estudio de la lucha de clases, y las
categorías asociadas a ella, nos llevaran a poner atención al proceso
revolucionario mediante el cual se cambian las sociedades. Esto no es un tema
fácil, y debe abordarse con seriedad en el debate de las ideas, al que tanto
temen nuestros adversarios de la derecha. El frente es apenas el comienzo de un
organismo que debe convertirse en un ente con vida propia, identidad clara de
sus miembros, una lucha ideológicamente sostenida. Por el momento, la
idea de que el frente debe ser un cumulo de micro identidades, aleja a este de
las masas en rebelión; estas muestran mucha mayor madurez, e imponen sus
criterios y se asocian con el liderazgo que amalgama este momento de la lucha.
El análisis del papel de las organizaciones y sus
fines, es también necesario, y no debe enfocarse caprichosamente. Si vemos de
cerca los problemas de género, nos damos cuenta que los mismos están arraigados
entre nosotros mismos, existe machismo entre los resistentes, pero eso no nos
hace menos revolucionarios; seguramente las compañeras feministas, seguirán en
una lucha contra estos males aun después de refundada la patria. Qué decir de
los compañeros de los grupos LGTB, quienes han aportado un número de víctimas
tremendo, también libran una batalla de principios e ideas, que tendrá
continuidad dentro y fuera del frente. En conclusión, no son nuestros intereses
de grupo, ni nuestras luchas organizadas sectorialmente las que le dan vida al
proceso de refundación.
Se han producido agrias críticas a los partidos
políticos de parte de algunas “tendencias”, movidas más por la coyuntura que
por el análisis dialectico serio; entonces vamos de regreso al análisis de la
lucha de clases, encontramos conceptos claros, que nos indican que los partidos
políticos son instituciones eminentemente clasistas, y el problema radica en
que las bases no cuentan con ese tipo de organización, y que el Frente Nacional
de Resistencia Popular es el destinatario natural para ese rol. El
bipartidismo, clásico en algún momento de la historia de todos los países
latinoamericanos, no es un problema surgido de la nada, es parte de la
superestructura burguesa, que nosotros pretendemos cambiar.
Cuando entramos al reduccionismo, y categorizamos
nuestras ideas entre refundacioncitos y electoreras, nos encasillamos en una
discusión que aún no comprendemos muy bien. Veamos un par de ejemplos
históricos sobre la naturaleza clasista de los partidos políticos: durante la
dictadura de Carias, se atacó al pueblo que se declaraba liberal; sin embargo,
sus dirigentes prevalecían como los agentes que compartían el ruedo político de
la burguesía; el partido nacional existía, pero, a pesar de 16 años de
carísimo, el partido liberal no dejo de existir, al contrario, funcionaba como
un argumento de existencia para el nacionalismo.
En la época que va desde 1957 hasta 1980, se
suceden gobiernos, liberales, nacionalistas y militares, los partidos no solo
se sostienen, sino crecen, fortalecen la superestructura necesaria para
sostener los regímenes militares, y hasta dan lugar a la creación de “partidos
emergentes”, y promueven cambios cosméticos, que a la larga tiene consecuencias
poco positivas para el proceso de liberación del país. El dictador López
Arellano, ultraconservador en la década de los sesenta, cambia de careta en los
70, apoyado por ideólogos y políticos que décadas después entregarían la
soberanía nacional, una
y otra vez, hasta el punto que
compañeros de la época desfilan ondeando la bandera de la hoz y el martillo.
Los autores fueron los mismos, y respondían a los intereses de clase que
justifican su existencia.
Debemos convenir que el carácter de clase de los
partidos son los que definen su posición frente a la realidad, y, en
consecuencia, el pueblo, en su proceso de liberación debe organizarse en
un partido político propio. Digamos que la experiencia nos demuestra que hay
demasiados intereses para motivar los dirigentes de una u otra tendencia a
aceptar esto. De hecho, al amparo del bipartidismos han surgido muchas
organizaciones que se mueren antes de abrir los ojos; otras no pueden existir
si les cortan el cordón umbilical que los une al sistema.
En ese sentido, diríamos que la idea de formación
de un partido de manera formal, crearía muchísimos problemas, y atentaría
contra la estabilidad de lo que se ha logrado hasta ahora. Sin embargo,
seguimos sin contestar preguntas que requieren respuestas contundentes de parte
de las dirigencias. Cuando organizamos núcleos de dirección en todo el país,
¿lo hacemos en nombre del Frente o de una organización en particular?; ¿Cómo
explicamos que el frente tenga posiciones inexplicables en las encuestas que
nos han presentado? Cuando le hacen la pregunta a un miembro cualquiera de la
resistencia: ¿Cuál es su filiación política?, ¿qué responde? A esta pregunta no
puede contestar: soy obrero, soy maestro, soy mujer, soy indígena, etc. Sí
puede decir: soy liberal -aunque le ponga la cuña “vamos a hacer lo que diga
Mel”- o soy Unificación Democrática, sin que ninguna de las dos represente su
condición de clase. [1]
Luego llega el problema esencial sobre la
naturaleza de nuestra lucha, y otra vez nos
aparece la lucha de clases. Tomemos el caso de los compañeros indígenas y
negros, y la visión euro centrista de la revolución; la liberación de los
pueblos originarios es un proceso dialectico obligado en la agenda que nos ha
dejado la conquista y su proceso de acumulación originaria; sin embargo, esto
no libera al resto de nuestras organizaciones. Consecuentemente, debemos
presumir que la lucha sectorial es una necesidad histórica en todas las
sociedades; la liberación es un proceso eminentemente político y de clase.
Este es un tema de estudio muy importante que no
se puede manejar en un solo ensayo, pero que sí puede debatirse para construir
las ideas del poder que tanto hemos ventilado. Al final, el poder popular, los
conceptos de abajo hacia arriba, y otros se fundamentan en el mismo origen, por
lo que el entendimiento de este resulta impostergable.
Por ahora la clase dominante sabe que existe un
opuesto, ya implantado en el imaginario del otrora cliente del show político, y
habrá de intensificar su agresividad; antes ello nuestro camino es evidente:
fortalecer ese referente político que ya es parte de la cotidianeidad de pueblo
en lucha: la resistencia popular; una esperanza.
Ricardo Salgado
07/03/2011













